El encuentro con Jesús de Nazareth

El encuentro con Jesús de Nazareth no ha dejado nunca indiferente al hombre. Desde aquella tarde que primero Juan y Andrés lo encontraron en la rivera del río Jordán (cf. Jn 1,35ss) hasta hoy, gracias al don gratuito del Espíritu Santo, hombres de toda latitud siguen encontrándolo en los modos más diversos. Quien a través de un encuentro con un testigo de la fe, quien a través del encuentro con una comunidad, quien en la lectura de algún libro. La misma narración evangélica es un largo conjunto de encuentros que, sea positivamente, en el sentido que suscitaban el deseo de seguir al Maestro adhiriendo a su persona, sea negativamente para aquellos que aun quedando impresionados por lo que Jesús decía o hacia, después le daban la espalda o incluso conjuraban contra él.

En el fondo la parábola del sembrador describe bien la dinámica de la libertad que es puesta en movimiento por el encuentro con una Presencia excepcional. Podríamos definir la predicación de Jesús como una continua propuesta de crecimiento. A Él no le basta que el hombre sea llamado a la importancia de los va lore s, sino que busca introducirlo gradualmente pero inexorablemente en la realidad para que sea feliz. Su objetivo es introducir al hombre en la relación con el Padre: podríamos decir que el objetivo primario es vincular las personas a sí para conducirlas al Padre. Los mismo milagros eran el signo evidente de que con Él el Reino de Dios había sido inaugurado. Sus amigos más íntimos debían continuamente reconsiderar la idea que se habían hecho de Él.

Sobre esto es interesante, incluso por la relación con el tema que aquí se trata, el episodio del milagro de la multiplicación de los panes y de los peces (cf. Jn 6): una multitud inmensa es alimentada con pocos panes y pocos peces. Satisfaciendo esa hambre nace sin embargo en muchos un deseo más grande: de conocerlo, de estar con Él. En efecto, el día siguiente, sigue San Juan, la multitud lo encontró en la sinagoga de Cafarnaúm y entrando en diálogo con ellos, Jesús afirmó: “En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre” (Jn 6,26-27). Siguiendo su diálogo y profundizando en el significado del don del maná recibido en el desierto por aquellos que habían seguido a Moisés, suscitó en los que lo escuchaban el deseo de nutrirse de un pan que no perece: “Señor, danos este pan”.

 En un in crescendo de realismo y entre las murmuraciones de los presentes, Jesús toca la cumbre de aquello que quería comunicarles: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo” (Jn 6,51) (…) “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn 6,56). El escándalo de los presentes llega al límite: entre sus discípulos nace una toma de distancia de estas afirmaciones. La pregunta apremiante de Jesús a los suyos es la siguiente: “¿También vosotros queréis marcharos?”. La respuesta de Pedro no se hace esperar: “Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68). La convivencia con Jesús es dramática. Aquellos que desean una respuesta exhaustiva de la vida lo entienden, es necesario esforzarse por confrontarse con una visión más profunda de la realidad. El momento de la última cena, con su dramatismo, no debe ser leído por eso solamente en el sentido de un momento convivial, sino en perspectiva sobre todo sacrificial. Probablemente tampoco esta vez los apóstoles no entendían aquello de lo que hablaba el Maestro. Las palabras con las que Jesús instituyó la Eucaristía serán comprensibles cuando lo verán colgado a la cruz y luego aún más con su resurrección. Paradigmático en ese sentido es el episodio de los discípulos de Emaús: ellos reconocerán al Señor resucitado, por el modo en el que el anónimo caminante que les salió el encuentro partió el pan en la posada de Emaús (cf. Lc 24). Ni siquiera las narraciones de la institución de la Eucaristía en los demás sinópticos así como en San Pablo, dejan dudas sobre el carácter sacrificial de la liturgia eucarística, como lo afirma la primera carta a los Corintios: “el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan…”

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