El Pentecostés de Ecclesia Digital – Los símbolos y los dones del Espíritu Santo – ALEGRIA

Si los hombres riesen más, serían mejores”, es una máxima que nos dejó escrita uno de nuestros más grandes y queridos místicos del lenguaje religioso de nuestros días, José María Cabodevilla. Pero esta máxima se hace necesidad urgente en estos días, cuando celebramos la novena de Pentecostés, implorando los siete dones del Espíritu, del Jesús ascendido al cielo; uno de estos dones es el “gozo eterno e inacabable de la alegría”. Y si hay algún maestro del don eterno de la alegría que nunca termina ese es, sin género de dudas, el “juglar de Dios”, conocido más popularmente como el santo de la “perfecta alegría”.

Francisco de Asís encontró en el camino su propia cátedra. Atrás quedaban las otras cátedras de los maestros, de los sabios y doctores de las grandes universidades, las sedes y los púlpitos de los obispos. Cada día, llueva o haga sol, Francisco está, con su compañero, de camino. La ciudad queda lejos y olvidada. Francisco vuelve a encontrar su verdadera cátedra, que es el camino. El camino que con el pasar de las horas, con el mudable escenario, los encuentros imprevistos y las subsiguientes incomodidades propias del viaje sugieren a Francisco sus más bellas lecciones. El mundo cambia a cada paso; al final del camino ambos compañeros no saben lo que les espera. Todo a su alrededor mueve la rapidísima imaginación de Francisco componiendo escenas que dramatizan continuamente la condición del alma humana. La verdad es que Francisco tiene el instinto y las cualidades del juglar. Da realidad en imágenes a los movimientos de su fantasía. Reveló desde joven esta capacidad suya para representar los estados de ánimo. Esta actitud de Francisco jamás es forzada o de comediante. Las escenas se le componen con toda naturalidad hasta en la meditación. Los sentimientos y las pasiones, el cuerpo y el alma, los vicios y las virtudes son personajes que componen un íntimo y poético teatro espiritual.

 Jesús habló por parábolas, por imágenes. Francisco no sabe elaborar alegorías. Habla con pocas palabras, muy concisas, que personifican y escenifican estados de ánimo inmediatos. El camino le sugiere situaciones y acontecimientos. Francisco por el camino ve y extrae, considera y representa. Por el camino  Francisco da sus más grandes lecciones especialmente con León, la “ovejita de Dios” abre francisco su ánimo e improvisa los diálogos más elocuentes.

 Un día se encuentran de camino y sin breviario. Lo han dado como limosna y Francisco piensa en un nuevo modo de rezar maitines. “Yo – dice a León — me inculparé así: –Francisco, hiciste tantos males y tantos pecados en el siglo, que eres digno del infierno. Y tu responderás: –Es verdad; te mereces un infierno profundísimo”.  León responde: “Encantado; empieza”. Y comenzó: Así, mientras Francisco más pecador se veía, León más alto lo subía. Y durante toda la mañana continúa el decir de Francisco y el contradecir de León.

La lluvia arrecia camino de Santa María de los Ángeles, no llegan a distinguir el amistoso panorama de los campos de Espoleto. El barro pone trabas a su marcha, y el agua le pega el sayo a las caderas. De vez en cuando Francisco lanza un grito a las espaldas del compañero: “León, aunque los frailes menores sirvieran de ejemplo al mundo… acuérdate de que la perfecta alegría no consistiría en eso”. León no le responde. Chapotea fatigosamente. Francisco le vuelve a gritar: “León, aunque el fraile menor curase a los ciegos, arrojase a los demonios, devolviera el oído a los sordos… tampoco la perfecta alegría consistiría en esto”… “León, ovejita de Dios, aunque el fraile menor hablase la lengua de los ángeles y supiera los cursos de las estrellas… tampoco en eso consistiría la perfecta alegría”. Y así continuaron largamente…

Hasta que, en un instante León se para, y, volviéndose a Francisco, le pregunta: “Te ruego, pues, en nombre de Dios, que me digas en qué consiste la perfecta alegría”. La lluvia se ha calmado. Se oye correr el agua por los arroyos con un cierto sollozo. Francisco da alcance a León y le dice: “Si cuando lleguemos a Santa María de los Ángeles, empapados así por la lluvia, congelados por el frío, llenos de barro y hambrientos, llamamos a la puerta del lugar y el portero sale airado y nos dice: Sois dos forajidos, ¡largo de aquí!; y no nos abre, y nos hace quedar fuera, bajo el agua y el frío… si entonces nosotros soportamos tantas injurias y tantas crueldades con paciencia, sin turbación y sin murmurar… entonces, fray León, acuérdate y escribe que en eso consiste la perfecta alegría”. Mientras Francisco ha dicho estas palabras, el camino ha pasado con rapidez; el agua parece que ya no empapa y el viento ha perdido su agudeza. Y los dos compañeros, absortos en sus pensamientos, caminan por entre la borrasca como si fuese primavera: “La verdadera alegría está en el amor mutuo de los hermanos”.

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Una respuesta a El Pentecostés de Ecclesia Digital – Los símbolos y los dones del Espíritu Santo – ALEGRIA

  1. FRANCISCO MORA BOSCH dijo:

    el munco cambia a cada paso,mientras se hace camino, es una verdad como untemplo. FRANCISCO DE ASIS, predicó en el ejemplo

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