Claves para el Año Sacerdotal – Editorial ECCLESIA

luLa extraordinaria figura del  Santo Cura de Ars, en el ciento cincuenta aniversario de su muerte, contextualiza y guía el Año Sacerdotal, recién inaugurado en la Iglesia y que se extenderá hasta el 19 de junio de 2010. ¿Cuáles son sus claves de fondo, los ejes a través de los cuales ha de girar este inequívoco y oportuno tiempo de gracia, destinado no solo a los sacerdotes sino a toda la comunidad eclesial y a su misma acción evangelizadora y misionera? La primera clave del Año Sacerdotal es el reencuentro con los mejores modelos y referencias sacerdotales, cuyos testimonios trascienden épocas y culturas. La historia de la Iglesia atesora una numerosísima pléyade de magníficos y santos sacerdotes, que siguen siendo válidos y necesarios para la presente y recia hora. En este sentido, la «recuperación» de la memoria y del legado de San Juan María Vianney es un acierto, una necesidad y una clave segura de fecundidad sacerdotal y evangelizadora. La segunda clave, como indicó la Congregación del Clero en la convocatoria del Año Sacerdotal, es «promover y coordinar las diversas iniciativas espirituales y pastorales que se presenten para hacer percibir cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea». El sacerdote no es una figura del pasado, ni en vías de extinción, ni una realidad opcional y de importancia relativa. El sacerdote es vital para la Iglesia y el mundo. Es el primer e insustituible evangelizador y dinamizador de la vida eclesial. El sacerdote es imprescindible. Y lo es no tanto por lo que hace –que es mucho y tan importante– cuanto por lo que es: prolongación y sacramento de Jesucristo, el Buen Pastor, el Sumo y Eterno Sacerdote. Y en este sentido, el Año Sacerdotal está llamado a contribuir a la intensificación de la verdadera identidad del sacerdote y de los medios que la nutren y la hacen posible y visible. Dicho con otras palabras: el Año Sacerdotal ha de ser el año de la espiritualidad sacerdotal, siempre cimentada sobre los pilares de la vida interior (oración, liturgia de las horas, eucaristía diaria, práctica del sacramento de la penitencia, austeridad y singularidad de vida, piedad mariana) y del ejercicio de la propia misión desde la  conversión, la comunión, la corresponsabilidad y el celo apostólico. La fidelidad es otra de las claves del Año Sacerdotal. A la luz y ejemplo de la fidelidad de Cristo –y de la fidelidad de tantos santos sacerdotes conocidos y anónimos–, el sacerdote de hoy y de siempre ha de esforzarse por vivir en la fidelidad a la gracia y al carisma recibidos. Se trata de un planteamiento en positivo, sin extender la sombra de la duda. «Es verdad –escribe el cardenal Hummes, prefecto de la Congregación del Clero– que a algunos sacerdotes se les ha visto implicados en graves problemas y situaciones delictivas. Obviamente es necesario continuar la investigación, juzgarles debidamente e infligirles la pena merecida. Sin embargo, estos casos son un porcentaje muy pequeño en comparación con el número total del clero. La inmensa mayoría de sacerdotes son personas dignísimas, dedicadas al ministerio, hombres de oración y de caridad pastoral, que consumen su total existencia en actuar la propia vocación y misión y, en tantas ocasiones, con grandes sacrificios personales, pero siempre con un amor auténtico a Jesucristo, a la Iglesia y al pueblo; solidarios con los pobres y con quienes sufren. Es por eso que la Iglesia se muestra orgullosa de sus sacerdotes esparcidos por el mundo». Y por ello –subrayamos nosotros– quiere la Iglesia mostrar la verdad, la belleza, la dignidad y la necesidad del sacerdocio. La formación permanente del clero y la revitalización de la pastoral vocacional son otras dos claves y retos indudables del Año Sacerdotal. Quizás hoy día más que nunca el sacerdote ha de dar razones sólidas y convincentes de la fe cristiana. Y para ello es precisa una permanente y reciclada formación. Asimismo el primer promotor vocacional es el mismo sacerdote. Si se ha dicho con razón que su mejor homilía y su mejor servicio es su propia vida, también su propia vida –fiel, generosa, entregada, abnegada, virtuosa, alegre, esperanzada– es la mejor semilla vocacional. ¡Bienvenido sea, pues, el Año Sacerdotal 2009-2010! Es tiempo de gracia. de Ars, en el ciento cincuenta aniversario de su muerte, contextualiza y guía el Año Sacerdotal, recién inaugurado en la Iglesia y que se extenderá hasta el 19 de junio de 2010. ¿Cuáles son sus claves de fondo, los ejes a través de los cuales ha de girar este inequívoco y oportuno tiempo de gracia, destinado no solo a los sacerdotes sino a toda la comunidad eclesial y a su misma acción evangelizadora y misionera? La primera clave del Año Sacerdotal es el reencuentro con los mejores modelos y referencias sacerdotales, cuyos testimonios trascienden épocas y culturas. La historia de la Iglesia atesora una numerosísima pléyade de magníficos y santos sacerdotes, que siguen siendo válidos y necesarios para la presente y recia hora. En este sentido, la «recuperación» de la memoria y del legado de San Juan María Vianney es un acierto, una necesidad y una clave segura de fecundidad sacerdotal y evangelizadora. La segunda clave, como indicó la Congregación del Clero en la convocatoria del Año Sacerdotal, es «promover y coordinar las diversas iniciativas espirituales y pastorales que se presenten para hacer percibir cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea». El sacerdote no es una figura del pasado, ni en vías de extinción, ni una realidad opcional y de importancia relativa. El sacerdote es vital para la Iglesia y el mundo. Es el primer e insustituible evangelizador y dinamizador de la vida eclesial. El sacerdote es imprescindible. Y lo es no tanto por lo que hace –que es mucho y tan importante– cuanto por lo que es: prolongación y sacramento de Jesucristo, el Buen Pastor, el Sumo y Eterno Sacerdote. Y en este sentido, el Año Sacerdotal está llamado a contribuir a la intensificación de la verdadera identidad del sacerdote y de los medios que la nutren y la hacen posible y visible. Dicho con otras palabras: el Año Sacerdotal ha de ser el año de la espiritualidad sacerdotal, siempre cimentada sobre los pilares de la vida interior (oración, liturgia de las horas, eucaristía diaria, práctica del sacramento de la penitencia, austeridad y singularidad de vida, piedad mariana) y del ejercicio de la propia misión desde la  conversión, la comunión, la corresponsabilidad y el celo apostólico. La fidelidad es otra de las claves del Año Sacerdotal. A la luz y ejemplo de la fidelidad de Cristo –y de la fidelidad de tantos santos sacerdotes conocidos y anónimos–, el sacerdote de hoy y de siempre ha de esforzarse por vivir en la fidelidad a la gracia y al carisma recibidos. Se trata de un planteamiento en positivo, sin extender la sombra de la duda. «Es verdad –escribe el cardenal Hummes, prefecto de la Congregación del Clero– que a algunos sacerdotes se les ha visto implicados en graves problemas y situaciones delictivas. Obviamente es necesario continuar la investigación, juzgarles debidamente e infligirles la pena merecida. Sin embargo, estos casos son un porcentaje muy pequeño en comparación con el número total del clero. La inmensa mayoría de sacerdotes son personas dignísimas, dedicadas al ministerio, hombres de oración y de caridad pastoral, que consumen su total existencia en actuar la propia vocación y misión y, en tantas ocasiones, con grandes sacrificios personales, pero siempre con un amor auténtico a Jesucristo, a la Iglesia y al pueblo; solidarios con los pobres y con quienes sufren. Es por eso que la Iglesia se muestra orgullosa de sus sacerdotes esparcidos por el mundo». Y por ello –subrayamos nosotros– quiere la Iglesia mostrar la verdad, la belleza, la dignidad y la necesidad del sacerdocio. La formación permanente del clero y la revitalización de la pastoral vocacional son otras dos claves y retos indudables del Año Sacerdotal. Quizás hoy día más que nunca el sacerdote ha de dar razones sólidas y convincentes de la fe cristiana. Y para ello es precisa una permanente y reciclada formación. Asimismo el primer promotor vocacional es el mismo sacerdote. Si se ha dicho con razón que su mejor homilía y su mejor servicio es su propia vida, también su propia vida –fiel, generosa, entregada, abnegada, virtuosa, alegre, esperanzada– es la mejor semilla vocacional. ¡Bienvenido sea, pues, el Año Sacerdotal 2009-2010! Es tiempo de gracia.

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Siamo un gruppo di volontari dell'Associazione Nazionale dei Papaboys, i giovani del Papa che hanno attivato questo progetto per gli amici immigrati che hanno bisogno di aiuto o di un consiglio!
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